La ejemplaridad de los Padres


Artículo publicado en www.edufam.com
Fuente: José Luis Aberásturi y Martínez. Educar la conciencia
Ediciones Palabra, Madrid, 2001

Es necesario detenernos ahora, en las actitudes o condiciones básicas que deben vivir unos padres en el seno de su familia -o unos educadores, en su ámbito educativo-, si de veras quieren educar en conciencia a sus hijos. Hay que enseñar con la propia vida para poder darles lo que realmente esperan de nosotros: ejemplo.

Porque el niño -lo queramos o no- es un testigo, un testigo permanente de la moral de los adultos, así como, de su ausencia. El niño busca una y otra vez claves para saber cómo debe comportarse, y la primera fuente en la que se sacia es la conducta de padres y profesores: cómo vivimos nuestra vida, cómo tomamos decisiones, nos relacionamos con las personas y las cosas, mostramos en la acción nuestros presupuestos, deseos y valores más enraizados. Todo esto dice a los jóvenes observadores mucho más de lo que podemos darnos cuenta y le llega mucho antes -en el tiempo y en importancia- que la doctrina que irán aprendiendo más tarde.

La ejemplaridad de los padres

Esto es lo primero. Junto con la gracia, lo que más ayuda a los hijos a cumplir esta voluntad de Dios expresada en los Mandamientos, es el clima moral que se vive en el seno de su familia.

No me resisto a adelantarme, pues volveremos más adelante sobre el tema, pero todo el clima moral de una familia hunde sus raíces en la calidad del amor conyugal de los padres. Es lo determinante. El amor conyugal es el amor que funda el matrimonio y la familia. Luego no se puede construir una familia moralmente sana a costa de no cumplir la Ley de Dios en el orden conyugal cegando, por ejemplo, las fuentes de la vida.

Si lo que impera en el amor conyugal es el egoísmo -y cada pecado lo es- esos padres solo podrán educar en egoísta. Los hijos saldrán egoístas: casi no pueden salir de otra manera; y si salen, no será gracias a sus padres. Y los primeros en pagar el pato serán los propios padres: lo notarán en cuanto los hijos tengan capacidad de decidir.

O se robustece moralmente la familia desde dentro, desde la categoría moral de los cónyuges, o todos sus esfuerzos, a la hora de dotar a sus hijos de una auténtica vida moral, estarán condenados al fracaso: no pasará de ser un intento bienintencionado. Hemos de resaltarlo una vez más: el clima moral de los padres es el fundamento del clima moral de la familia.

EL EJEMPLO DE LOS PADRES ES NECESARIO E INSUSTITUIBLE

Es doloroso ver con qué ligereza actuamos a veces ante nuestros hijos. Por ejemplo: me decía una señora que, ante la insistencia de un hijo en edad ya de empezar a ir a Misa, le contestó: «Este domingo no vamos a Misa. Pero no te preocupes, que la culpa es mía. Tú no haces ningún pecado». No se daba cuenta de que con esa respuesta se estaba anulando como referente moral de su hijo.

Ni podemos matar la generosidad de nuestros niños haciendo ver negro y doloroso lo que es buenísimo. Le decía a su niño único una mamá que se había quedado embarazada: « Te voy a dar una mala noticia: vas a tener un hermanito, y ya no vas a ser el pequeño, y vas a tener que compartir tus cosas... ». Y le contestó el niño de seis años, sin dejarla acabar: «No es una mala noticia. Es la mejor noticia que me has dado nunca». Las deficiencias morales de los padres pasan con toda naturalidad a los hijos. Afortunadamente, las virtudes también. Le decía una mamá a su hijo pequeño que acababa de subir un accidente, y estaba ingresado en el mismo hospital y en la misma habitación en la que también estaba internado un hermano suyo por otro accidente: «No te preocupes. Esta Navidad -quedaban cinco días- vamos a poner el Belén en la habitación, enfrente de tu cama, para que el Niño Jesús esté siempre contigo. Ofrécele todos los dolores y molestias y verás qué contento está. Y tú también. Estas van a ser las mejores Navidades que hemos pasado nunca». ¿No es conmovedor?

Nuestros hijos absorben y almacenan lo que observan, concretamente en nosotros; atan cabos, imitan, clasifican lo que han observado y muy a menudo se alinean así posteriormente con esos consejos morales específicos que les hemos dado, deliberadamente o casi sin darse cuenta.

Por supuesto, es demoledor para un niño comprobar que los actos de sus padres dejan de ser referentes morales válidos. Perderían su «fe» en ellos. Y solo la recuperarán cuando sus padres les demuestren que luchan por cambiar, por rectificar. Entonces volverán a ser referentes morales para sus hijos, con una de las lecciones más bonitas que unos padres pueden dar: rectificar -también delante de los hijos; no solo no importa, sino que es necesario- la propia conducta, reconocer los propios errores.

Este modo de actuar -rectificar, reconocer las equivocaciones, pedir perdón incluso- no puede faltar en el seno de una familia; es una lección que cuesta dar: podemos creemos que así perdemos autoridad; pero es al revés: ganamos en todo. Nos haremos más comprensivos con los fallos de nuestros hijos; nos verán más cercanos a ellos: constatarán que somos de la misma pasta; y, como también les cuestan las cosas y les cuesta rectificar, si ven nuestra lucha se animarán a luchar, porque les resultará ejemplar y atrayente.

En el fondo lo que está sobre el tapete a la hora de educar es que no podemos corregir sin corregirnos. Es inútil. Solo mientras son muy pequeños cabe algún engaño en este tema. Pero a los niños se les despierta muy pronto la capacidad de enjuiciar los actos de los demás, también los de sus propios padres.

Y son unos jueces tremendos, porque no tienen capacidad de matizar, de comprender o de disculpar.

NO PODEMOS EXIGIR LO QUE NO ESTEMOS DISPUESTOS A EXIGIRNOS

Este es el verdadero reto de la educación: se trate de la fe, de la vida cristiana, o de la educación del carácter, o de intentar que adquieran un hábito cualquiera. Ni pueden pretender unos padres que el colegio les enseñe lo que ellos no están dispuestos a enseñarles con su ejemplo; porque no pueden pretender que arraigue en sus hijos lo que ellos mismos -con su actitud, con su mal ejemplo- se encargan de arrancar. Además, estaríamos obligando a esos niños a hacer un juicio que, a la edad de ocho o nueve años, por ejemplo, les es tremendamente dañino: «o el colegio me enseña cuentos, o mis padres son malos». Cualquiera de las dos opciones rompe al niño.

 


© 2019 Colegio Intisana