Afectividad y sexualidad


Afectividad y sexualidad
(www.alced.net) Aquellos que pretenden la igualdad radical entre sexos, mantienen que una clase sólo de chicos o únicamente de chicas es peligrosamente artificial, ya que la escuela debe ser un espacio de socialización que facilite actitudes abiertas y libres. Esta postura pudo ser válida en otra época (como de hecho lo fue en un momento en el que la mujer no estaba integrada en la sociedad) pero en la actualidad es cuanto menos absurda.
Es evidente que el ambiente de hoy es muy diferente al de hace unos años. Es preciso pues situarse en el contexto actual para proponer sistemas pedagógicos acertados, incluso cuando éstos no coincidan con la moda al uso, en especial, cuando tales modas son empobrecedoras para la persona.

La educación separada pudo representar un problema para la integración social de niños y niñas en una época en la que la propia sociedad no era mixta, por la falta de incorporación de la mujer al mundo laboral, político y social en general. Pero actualmente suponer que un niño se va a “traumatizar” por ir a un colegio diferenciado es absurdo, máxime cuando los temas sobre el sexo opuesto han dejado de ser tabú y se hablan y comentan con naturalidad dentro de la familia (o al menos así debería ser, pues no se puede perder de vista que antes que alumno se es hijo y que los hábitos han de adquirirse en casa, pues donde un padre o madre no llegan no se puede esperar que llegue un profesor).

El Estado y la escuela no son padres y por eso no pueden satisfacer las necesidades emocionales o morales de los más jóvenes. La convivencia familiar es una enseñanza incomparablemente superior a la de cualquier razonamiento abstracto sobre la tolerancia o la paz social. Como afirma William Bennett, la familia es el primer y mejor Ministerio de Sanidad, el primer y mejor Ministerio de Educación y el primer y mejor Ministerio de Bienestar Social.

Además el tiempo que el niño pasa en la escuela al año constituye un 15%. Les queda por lo tanto un 85% de tiempo para aprende a convivir con el sexo opuesto.
Podemos asegurar sin dudas que el equilibrio emocional del niño no se va a ver afectado por estar durante unas horas al día separado del sexo opuesto, con el que se puede volver a relacionar sin problemas ni trabas artificiales en horas extraescolares o los fines de semana.

En contra de lo que creen los defensores de la coeducación como único modelo aceptable, la convivencia temprana entre niños y niñas en las escuelas no mejora sus relaciones, ni las hace más fluidas, antes al contrario éstas se llenan de tensiones y conflictos. En este sentido son definitivas las palabras de Selon Claire, profesor de lengua en un colegio mixto de París: “en el colegio, la mixitud no aporta nada. Las relaciones entre niños y niñas consisten o en ignorarse mutuamente o en faltarse de forma absoluta al respeto”.

Un estudio del Departamento de Educación de Washington, demuestra que los chicos pierden el respeto a las chicas en los colegios mixtos. Y que por el contrario, la visión del otro sexo tiende a ser más positiva entre los alumnos de escuelas diferenciadas. Incluso la estabilidad emocional de algunos niños se ve afectada por la convivencia escolar constante con el sexo opuesto. Diversas investigaciones al respecto están dando cifras preocupantes de depresiones en niños y jóvenes que suelen manifestarse con un bloqueo en los estudios que nadie se explica.

En la adolescencia, etapa de convulsiones físicas y psíquicas, de incertidumbre e inseguridad, resulta beneficiosa la separación por sexos en las escuelas. La identidad personal, masculina o femenina, todavía no se ha constituido adecuadamente, les falta madurez, experiencia de la vida para saber integrar todos los elementos que están en juego en una relación interpersonal. La presencia del otro sexo en el colegio es un importante factor de dispersión porque les obliga a estar pendientes de parecer bien a sus colegas en lugar de centrarse en su propia personalidad sin complejos ni miedos.
La educación diferenciada ofrece a los adolescentes, en palabras de Aquilino Polaino, un “espacio libre de distracción”, libre de presiones que ayudan a la persona a madurar (27). En aulas diferenciadas, durante los complejos y convulsivos años de la adolescencia, chicos y chicas pueden comprender más fácilmente el papel de su propio sexo.

En una sociedad que padece una erotización exagerada, es necesaria más que nunca una institución donde sea posible tratar con serenidad la formación diferenciada de los muchachos y muchachas en función de la peculiar vida afectiva de cada sexo. Esta necesidad tiene especial importancia en la pubertad, cuando las tendencias sexuales se desarrollan rápidamente con el peligro de que en muchos casos pueda producirse desorientación, frustraciones y desviaciones psicológicas y conductuales. La ideología coeducativa ha traído consigo de hecho un aumento de la promiscuidad.

Los defensores de la coeducación mantienen que la escuela mixta es la fórmula más adecuada para educar en la convivencia. Sin embargo, la experiencia demuestra que el conocimiento mutuo, el aprendizaje compartido, el respeto y la tolerancia de lo diferente, son valores que la coeducación no ha sido capaz de proporcionar a pesar de que en un principio parecía ser la situación ideal para su fomento. El resultado ha sido más bien el contrario: agresividad, violencia machista, guerra de sexos. Y esto porque la mezcla de sexos no es la fórmula correcta. Es imprescindible una profunda labor educativa que es precisamente más complicada en la escuela mixta dada la variedad de situaciones de madurez y de desarrollo personales que se dan entre niños y niñas, así como por el aumento de tensiones que se produce en un aula no homogénea. Algunos sociólogos han llamado la atención en este sentido, advirtiendo que las intervenciones específicas para garantizar la convivencia acaban perdiendo su fuerza educativa.


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