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Ser padres es cosa de hombres - 1ra parte


Ser padres es cosa de hombres
Fuente: http://lafamilia.info
Imagen: http://lafamilia.info

“Madre no hay más que una”, suele decirse, y algunos añaden: “padre es cualquiera”, un signo de menosprecio que estaría en la raíz de la renuncia de muchos hombres a implicarse en la educación de los hijos. La doctora María Calvo Charro, profesora y escritora, acaba de publicar el libro Padres destronados, en el que estudia a fondo este repliegue de los hombres del plano familiar, donde un feminismo mal entendido se encarga de socavar su imprescindible papel.

En entrevista con Aceprensa, la autora habló sobre la necesidad de revalorizar la figura paterna, a continuación algunos apartes:

Un modelo de masculinidad

—¿Es realmente necesario el modelo paterno? ¿No será mejor a veces la falta de modelo que un mal modelo?

—Un ´no-modelo´, en ningún caso. El niño, sobre todo el varón, necesita un modelo de masculinidad adecuada. Si el padre falta, es muy recomendable que exista un patrón alternativo —un tío, un profesor, un sacerdote— que le dé un modelo de masculinidad equilibrada. Se ha demostrado que cuando este falta, los niños tienden curiosamente a radicalizar los estereotipos machistas, a tener una masculinidad exagerada. No saben comportarse como chicos y entonces, para reafirmarse, tienden a actitudes muy machistas, exacerbadas, radicalizadas, lo cual no es bueno, porque puede dar lugar a esas cifras elevadas de violencia doméstica que tenemos actualmente.

Sí: un padre es necesario porque todas las virtudes de una madre en la educación del hijo pueden convertirse en un defecto si no hay un padre que las equilibre. Ella posee una tendencia natural a darlo todo por el hijo, que es una especie de apéndice suyo, y en ese amor desmesurado que le profesa tiende a evitarle el esfuerzo, el sacrificio, el sufrimiento.

Es una actitud profundamente limitativa para el niño, que no adquiere autonomía. Y muchas veces, cuando llega a la adolescencia, de hecho puede volverse agresivo contra la madre, en busca de su independencia. La madre que lo ha dado todo desmesuradamente, al no contar con los límites de la función paterna, puede encontrar ese desequilibrio en los hijos.

El papel del padre es fundamentalmente el de separación de la madre respecto al hijo. Esa unión, en ausencia del padre, se vuelve insana para ambos. ¿Cuántos niños hay que son el paño de lágrimas de sus madres, sus confidentes, y que crean un universo cerrado que es malo para ambos?

Pues bien: el padre viene a romper ese universo cerrado, a hacer un puente con el mundo exterior. Él le muestra al hijo el mundo de lo público, de lo profesional, el del sufrimiento, la exigencia y la fortaleza. El amor de madre suele ser más físico, más proteccionista, más sustitutivo: si el hijo no sabe o tarda en abrocharse los cordones, la madre lo hace. La actitud del padre es la contraria: le anima a hacerlo él solo, lo cual le genera una mayor autonomía y una personalidad más fuerte.

Nosotras tendemos a meter a nuestros hijos en una especie de útero virtual, donde no hay sufrimiento, no hay problemas, y luego, cuando llegan a la realidad de la vida, pueden sentir mucha frustración si no ha habido un padre que les enfrente con ella, lo que, por supuesto, ha de hacerse con mucha afectividad.

Dejar ejercer al padre

—En su libro, usted habla de una retirada del padre, arrinconado por la ideología de género imperante. ¿Le parece que el hombre está en una franca huida pese a su deseo, o que le es una retirada “grata”?

—No, grata en ningún caso. Actualmente, por suerte, cada vez hay más padres que quieren implicarse. Sorprende la asistencia paterna a las reuniones en los colegios, y que cada vez más hombres piden permiso de paternidad, o jornadas partidas para poder disfrutar de sus hijos. Pero sí es verdad que hay una actitud femenina que los lleva a la frustración y a acabar huyendo. Han sido muchos siglos de dominación femenina del hogar, y queremos seguir mandando en él, ¡a pesar de que trabajamos fuera!

Muchas veces las mujeres nos quejamos de que el hombre no ayuda en casa, en la crianza de los hijos, y sin embargo, no le dejamos entrar en el hogar porque ponemos nuestras pautas como si fueran las únicas válidas. Queremos que actúe a nuestra manera femenina, maternal, por lo que es imposible que él se adapte. Lo único que conseguiremos es que se frustre, que no nos guste cómo lo hace, y que acabe retirándose, sintiéndose un estorbo.

La mujer tiene que comprender que la ideología de género, que nos ha hecho muchísimo daño en la relación de pareja y en la relación familiar, es falsa. Cuando partimos de que hay una identidad entre los sexos y les pedimos a nuestros maridos que actúen como si fueran mujeres, les generamos frustración y desencanto. Los tratamos como si fueran mujeres defectuosas, madres defectuosas y no padres.

Pero su forma de actuar es distinta. Un ejemplo: muchas veces las madres bañamos a nuestros bebés con caricias, con aceites, con música de fondo, y estamos dos horas con el baño. El padre, en cambio, sumerge al bebé en el agua tres segundos, le pasa la esponja en un minuto, y ya está. A pesar de esa aparente brusquedad, el niño está bien lavado, bien querido. Por eso, censurarles, tacharles de inútiles en tareas que ellos hacen a su manera, es un arma arrojadiza, porque acaba perjudicándonos a nosotras.


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